Las de siempre, pero no las de antes.
Son las 5:30 a.m. y el despertador de Linda suena sin cesar. Sería un crimen ignorarlo con jugadores en todas las bases: tres hijos varones, para todos los gustos y colores, uno en cada etapa escolar: universidad, preparatoria y, por qué no, una sorpresa de la vida que ya cursa la primaria. Afortunadamente, en casa hay un equipo de adultos funcionales que sacan adelante las mañanas. Desde hace varios años, la mamá de Linda vive con ellos y es un soporte vital y su esposo Luis también le entra al quite cuando se trata de las rutinas cotidianas.

Linda es Bióloga, cuenta con una maestría en Teoría Endosimbiótica, y tiene un amor inmenso por cada célula, mitocondria o cloroplasto existente en el planeta. Después de ocho años de haber emigrado a República Dominicana, no le ha quedado otra que acostumbrarse al calor y a la necedad de los planificadores urbanos de desaborizar Santo Domingo. Sus días transcurren entre las clases que imparte en la universidad, las juntas de la sociedad de padres —a la que se apuntó exclusivamente para poder involucrarse en la vida escolar del peque de la casa—, las compras, planificación de comidas, el gimnasio y los partidos de soccer de los tres retoños. Y, sacando tiempo de donde no hay, planifica salidas con Luis para no olvidar que, antes de ser papás, son pareja.
Un poco más al sur del planeta, en Rosario, Juliana ya lleva una hora despierta. La vida con dos adolescentes lo amerita. En su caso, las mañanas inician más petite. Desde hace unos años, Juliana y Roberto decidieron separarse al ver que sus intereses, planes e ideas de vida simplemente iban en sentidos contrarios. Uno de los divorcios más civilizados que conozco en la historia. Entre los pros de su civilizada separación está que Juliana trabaja en una consultora de construcción y proyectos de mantenimiento, empresa de Roberto, y ha podido seguir conviviendo con su familia política desde que tuvieron que mudarse a Argentina. Por su lado, Roberto ha mantenido un rol activo en la crianza, las actividades y el sostén de sus criaturas.

Juliana es arquitecta. En sus veintes trabajó en despachos europeos y estudió una especialización en la mismísima Bauhaus. Ha intentado concluir su maestría en Estudios de la Mujer; no obstante, el cierre del ciclo sigue pendiente, mas no quita el dedo del renglón de la investigación y diseño de equipamientos para el cuidado en la vivienda social. Ha logrado saciar su sed creativa danzando incansablemente en los talleres de danza Afrobrasileña y Contemporánea de la ciudad, y participando en el taller de Cuerpo, Voz y Percusión Corporal, así como tomando clases de conversación en inglés y asistiendo a cuanto evento cultural se presente cerca, y en donde pueda conocer gente nueva.
Por su parte, Ruth apenas va despertando cuando Linda y Juliana ya van por el segundo café. Y es que así es el tema de vivir en diferentes husos horarios.
Los amaneceres de Ruth distan de ser agitados o ruidosos desde que sus hijos se fueron a la universidad, sumados a poco más de una década de divorcio.
En ocasiones, el rezago del nido vacío sin procesar brinca en una lágrima involuntaria, la danza eterna entre nostalgia, contento y satisfacción.

Ruth también es arquitecta. En plena transición de peseta a euro, tuvo la oportunidad de realizar una maestría en Arquitectura y Cultura Urbana en las merititas tierras de Antoni Gaudí.
Masajea el sueño de terminar —o rehacer— su doctorado en urbanismo, y está convencida de que las ciudades deben entenderse como sistemas interdisciplinarios, que los organismos decisivos se han quedado cortos, ignorando las complejas dinámicas urbanas y el posterior impacto ambiental de sus decisiones. Sin embargo, y como tantas mujeres profesionistas —había que decirlo—, la maternidad activa significó un cambio de rumbo profesional, detour del que no se arrepiente ni un poquito, aunque en ratitos deje un sabor de boca a injusto.
Linda, Juliana y Ruth: tres países, tres contextos familiares, tres realidades que parecen distantes. Sin embargo, tienen mucho en común:
Estudiaron en la misma primaria, fueron a la misma universidad, son amigas entrañables desde hace más de 30 años y ya pasaron la yarda 50 en la cancha de la vida. Desde entonces, un término que antes parecía lejano se asoma con insistencia impertinente en cada dos de tres conversaciones de su chat grupal:
Pe-ri-me-no-pau-sia
Sin percatarse de cuándo inició la plática, las tres amigas coinciden en que ampliaron sus habilidades hasta olvidar lo que hacen mientras lo están haciendo, y desbloquearon afecciones de las que hablaban sus tías los domingos: rigidez en la espalda baja u hombros, colesterol elevado, inflamación abdominal, irregularidades en los periodos o la piel, que decidió de la noche a la mañana convertirse en cartón.
También aparecieron las noches de insomnio, queriendo resolver el mundo a las 3:00 a. m., y ni hablar de la escasez de paciencia a situaciones en las que, quizá, en otros tiempos, con respirar profundo era suficiente para no estallar, o llorar.
Para quienes no estén familiarizados con el término, la perimenopausia, eso que nuestras amigas experimentan, es la transición natural de sus cuerpos hacia la menopausia, es decir, el cese definitivo de sus ciclos menstruales. Puede iniciar desde los 45 años, inclusive antes, y se caracteriza por un caos hormonal en el que la progesterona y el estrógeno fluctúan a medida que disminuyen, afectando un sinnúmero de funciones corporales, mentales y hasta socioemocionales.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 las mujeres de 50 años o más representaban el 26 % de todas las mujeres y niñas a nivel mundial (World Health Organization, 2024), por lo que es lógico suponer que, hoy día, más de 2 mil millones de mujeres en el planeta están pasando por algo similar. Cuántas Lindas, Julianas y Ruths estarán despertando de madrugada, sudando, ¡queriendo replantearse su existencia! Y no, no es una enfermedad.
Es natural que el cuerpo y todos sus sistemas cambien a lo largo de la vida. De seguro, y sin notarlo, nos hemos reinventado biológicamente más veces de las que imaginamos. La diferencia es que, en esta ocasión, a toda hora surge notoriamente la idea de que estamos viviendo la vida en cuenta regresiva. Ya no hay tiempo que perder y cada minuto cuenta.
Que no es tarde para alcanzar —otro— sueño y que todo lo que logremos anclar y fortalecer hoy servirá de abono para la tierra fértil de nuestros 80, si es que el destino nos permite llegar ahí, y más allá.
Las expectativas irreales expuestas en redes sociales no ayudan; nos quieren convencer de que salir triunfantes de esta etapa es cosa de superheroínas de película: entrena seis días a la semana, cuatro días de fuerza —pero no te canses—, toma dos litros de agua —con sal y limón—, elimina el gluten, que tu primer alimento sea proteína y tu primer café, 90 minutos después de levantarte. Medita antes de dormir y, al levantarte, lee y aprende algo todos los días; estudia las nuevas herramientas de la IA, sana tus traumas, ten una vida social activa, practica técnicas de relajación, duerme de 7 a 8 horas diarias, abraza tus emociones y toma con humor ¡tus propios cambios de humor!
Dicen que solo en el espectáculo del circo los malabares se sostienen sin caerse. Entonces, ¿Cuál es la solución?
Linda, Juliana y Ruth: queridas, no tengo una sola respuesta. El agua, la proteína, el magnesio o la creatina monohidratada, las pesas, las horas de sueño y el conectar —sobre todo eso, mantener la conexión con las personas que te nutren la vida—: sí, todo sirve. De hábitos y ajustes ya saben y, como buenas niñas aplicadas, ya tienen bastante literatura para poner en práctica.
Nada más les pido a todas las Lindas, Julianas y Ruths que, si han tenido la fortuna de llegar a sus 50 con un buen manojo de seres queridos, lugares recorridos y experiencias por contar, sepan y tomen nota: han tenido una buena mitad de vida. Ignoren las edades límite de las ofertas laborales: aún tienen tanto por ofrecer al mundo y, antes de reinventarse por enésima vez, recuerden que el futuro no existe; la vida es hoy.
Sí, cuídense, muevan el cuerpo, que para eso fue diseñado; atrévanse y aprendan, que la neuroplasticidad está a la orden del día. Sacúdanse el miedo y háganse mejores amigas de la regulación de sus sistemas nerviosos.
A quienes tienen el gusto de acompañar a Linda, Juliana y Ruth, sean pacientes y sepan que esta segunda pubertad es tan nueva para ellas como para ustedes. Conversen, pregunten y escuchen tanto como puedan, pero, sobre todo, no se pierdan el renacer de esta nueva edición, mejorada y aumentada de la mujer que quieren tanto.
Quizá de eso se trata esta etapa de la vida y aún no lo asimilamos: de que no es el fin de lo que fuimos o construimos, sino del principio de una versión de nosotras que aún no conocemos. ¿Quién asegura que después de los 50 ya no hay sueños pendientes? Al contrario, hay tanto por conocer, ciudades y cuerpos por habitar, cosas nuevas que aprender y unas cuantas versiones de nosotras por descubrir.
Así que, queridas Linda, Juliana y Ruth: que nadie les diga que están llegando tarde. Apenas están despertando. La vida sigue siendo hoy y hay muchísimo por vivir.
¡Que suene el despertador!
RESULTADOS
Mayoría de A — Eres Linda.
La que hace que todo suceda. Apasionada, comprometida y con mil responsabilidades. Tu gran reto es encontrar tiempo para ti entre todo lo que amas y cuidas.
Mayoría de B — Eres Juliana.
La que sigue explorando. Creativa, curiosa y dispuesta a reinventarse. Sabes que los cambios de la vida también pueden abrir puertas a experiencias maravillosas.
Mayoría de C — Eres Ruth.
La que está redescubriendo su camino. Reflexiva, sensible y llena de sueños que todavía esperan su momento. Sabes que cerrar una etapa también puede significar comenzar otra.





Linda 100%… lo amé!
Jajaja buenísimo! Soy Ruth