Mi máquina del tiempo
DATE UN MOMENTO
¿Y si antes de buscar respuestas, aprendiéramos a formular mejores preguntas?
Ayer estuve pintando todo el día.
Mientras pinto me gusta poner música, algún documental, encender incienso y dejar que mis manos trabajen mientras mi cabeza anda quién sabe dónde. Últimamente, además, tengo visitas extraordinarias, ayer por ejemplo, estuvieron nada más y nada menos que Sócrates, Platón, Aristóteles, Spinoza, Diógenes, Marco Aurelio y Confucio. Una reunión baste peculiar para una mañana de pintura. Y no han sido los únicos.
Este año por aquí han pasado Picasso, mi amado y admirado Lorca, mi queridísimo Whitman, Unamuno; la increíble Sor Juana, Kafka, el loco de Caravaggio, Velázquez, Sorolla, Modigliani… personajes que vivieron en épocas y lugares completamente distintos y que, sin saber absolutamente nada de mí ni de la época en la que me tocó vivir, han conseguido con sus ideas, sus vidas, emocionarme, incomodarme, fascinarme y dejarme pensando durante horas.
Hoy cambié los pinceles por mis apuntes de maestría y, mientras comenzaba mi mañana de repaso con música y café, miré alrededor y entendí algo que no había sabido nombrar: mi mesa de trabajo también se ha convertido en una mesa de pensamiento. Y ahí, entre libros, pinturas, apuntes y una taza de café, he comenzado a descubrir algo que parece muy sencillo pero que está revolucionando mi manera de estudiar, de mirar los problemas y hasta de mirarme a mí misma:
No siempre necesitamos encontrar mejores respuestas; muchas veces necesitamos aprender a formular mejores preguntas.
Porque una pregunta mal planteada puede hacernos gastar muchísimo tiempo y energía buscando una respuesta en el lugar equivocado. Y porque la manera en que formulamos una pregunta puede determinar también aquello que somos capaces de ver. Mientras mis manos pintan, mi mente conversa.
Sócrates me obliga a examinar mis certezas; Platón a preguntarme qué hay detrás de lo aparente, que es el amor; Diógenes, cuándo de lo que creo necesitar, necesito realmente; Spinoza, si conozco las causas de aquello que deseo; Nietzsche, de dónde vienen mis valores y Unamuno, si aquello que considero verdad realmente me convenció o simplemente aprendí a vivir dentro de ello.
Y yo, que había entrado al estudio con toda la intención de terminar una pintura, acabo preguntándome por la libertad, el amor, Dios, la justicia, las costumbres, el miedo, lo que creemos nuestro y aquello que quizá heredamos sin siquiera preguntarnos de dónde vino. Así se me van las horas y me encanta.
Tal vez todo esto comenzó el 7 de enero. Después de cumplir 45 años, decidí iniciar un nuevo programa de entrenamiento personal. No porque quisiera convertirme en alguien distinta, al contrario: durante muchos años buena parte de mi búsqueda estuvo dirigida hacia dentro. Quise conocerme, entenderme, depurarme, reconocer mis luces y mis sombras, descubrir qué era verdaderamente mío y qué había ido recogiendo por el camino. Pero a los 45 me entró otra curiosidad. Quise cultivarme. Y no imaginé el tamaño de la puerta que estaba abriendo.
Volví a estudiar Derecho después de muchos años y regresé distinta. Ya no me basta aprender qué dice una norma: ahora quiero saber de dónde viene, qué idea de persona contiene, qué entendemos por dignidad, libertad o justicia y que sucede cuando los derechos, las historias y las circunstancias de personas reales no caben tan fácilmente una respuesta.
Y ahí las preguntas volvieron a hacer de las suyas.
Porque no es lo mismo preguntarme quién tiene la razón, que preguntarme qué estoy dejando de ver. No es lo mismo mirar un problema aislado, que preguntarme por su contexto, por las personas involucradas, por sus circunstancias y hasta por los prejuicios con los que yo misma llegué a observarlo. A veces cambia la pregunta y cambia todo lo que somos capaces de ver, y eso me fascina.
La filosofía comenzó a meterse en mi Derecho; el Derecho, en mi idea de libertad; la historia, en mis certezas; la literatura, en mis emociones; el arte, en mi manera de observar. Y todo termina revuelto sobre la misma mesa: pinceles, pinturas, libros, apuntes, una taza de café y mis preguntas al maestro – que, por cierto, no son pocas-.
Estudiar está revolucionando mi manera de mirar. No porque cada día tenga más respuestas. Curiosamente, sucede lo contrario: comienzo a desconfiar sanamente de las respuestas demasiado fáciles.
Últimamente he descubierto algo que parece muy sencillo, pero que está cambiando mi manera de estudiar, de mirar los problemas y hasta de mirarme a mí misma: no siempre necesitamos encontrar mejores respuestas; muchas veces necesitamos aprender a formular mejores preguntas.
Claro que tampoco se trata de vivir eternamente preguntándonos todo. Hay momentos en los que necesitamos respuestas. Hay decisiones que deben tomarse, problemas que deben resolverse y certezas suficientes que necesitamos para actuar. Incluso una pregunta puede convertirse en escondite si la utilizamos para evitar decidir.
Pero una respuesta impecable sirve de muy poco si se responde a la pregunta equivocada. Quizá por eso estoy descubriendo que cultivarse no consiste únicamente en acumular conocimientos, autores, libros o conceptos. Para mí está significando algo mucho más interesante: permitir que aquello que conozco me modifique.
Quizá por eso este pequeño estudio se ha convertido en uno de mis lugares favoritos del mundo. Es apenas un pedacito de mi casa, pero aquí puedo pintar, leer escuchar, estudiar, pensar, emocionarme, cambiar de opinión, hacer preguntas, aprender y cuestionar incluso algunas cosas que durante mucho tiempo consideré verdades.
Aquí puedo expandirme. Y finalmente entendí que este lugar es MI MÁQUINA DEL TIEMPO. Aquí todo pasa y, extrañamente el tiempo… también se detiene. Viajo, voy y vengo. Puedo encontrarme una mañana con un hombre que vivió hace más de dos mil años y descubrir que su pregunta todavía me incomoda. Puedo emocionarme con un poema escrito mucho antes de que yo naciera, mirar una pintura y querer saber quién demonios era capaz de pintar así, entrar en una época que no es la mía y regresar después a mis apuntes intentando comprender un poco mejor ésta que me tocó vivir.
Pero he descubierto que lo verdaderamente interesante de esta máquina del tiempo no es viajar. Es regresar. Porque cada idea que me conmueve, cada historia que me sorprende, cada persona que conozco, cada obra que me sacude y cada pregunta que consigue incomodarme vuelve conmigo. Y entonces sucede algo que me encanta: cada vez que entro aquí, ya no hay manera de que salga exactamente la misma Almendra.
Tal vez por eso decidí empezar a escribir este espacio. Porque llevo muchos años haciéndome preguntas a partir de lo que vivo. Algunas veces será un libro el que me las provoque; otras, una pintura, un viaje, una clase, una conversación, una persona que quiero, una calle, un miedo, una contradicción o cualquiera de esas cosas aparentemente insignificantes que, por alguna razón, consiguen detenerme.
Pero no quiero que este espacio sea solamente sobre lo que me pasa a mí. Mis historias serán apenas el punto de partida, quizá mientras yo te cuente por qué una idea consiguió moverme, tú recuerdes aquella que alguna vez te hizo cambiar de opinión. Tal vez un viaje mío te lleve de regreso a uno tuyo; una conversación te recuerde algo que alguien te dijo hace años; una pregunta que a mí me incómoda termine despertando una completamente distinta en ti.
No tengo intención de venir aquí a explicarte cómo es la vida. Bastante trabajo tengo tratando de entender la mía. Quiero hacer algo mucho más sencillo: detenerme a mirarla. Y quizá, de vez en cuando, alguna de mis preguntas te provoque detenerte a mirar la tuya.
Porque una buena pregunta no necesariamente nos da una respuesta, pero puede evitar que gastemos tiempo, energía o incluso una parte de la vida, intentando resolver el problema equivocado.
Así que yo traeré mis historias y mis preguntas. Tú traerás las tuyas. Y quizá, de vez en cuando, nos encontremos justo a la mitad.
Hoy tengo menos certezas, pero muchas más preguntas, y sospecho que, precisamente por eso, soy un poco más libre.





Un dia a la vez 🩷
Las preguntas a veces son pensamientos tremendamente truculentos porque nos meten en ciclos de pensamiento que son difíciles de abandonar y nosotros nos enrolamos en esa búsqueda inexorable de respuestas...tal vez porque desde pequeño nos enseñaron que a cada pregunta corresponde una respuesta. Tal vez hemos partido de un supuesto falso... Y tal vez no todas las preguntas deban ser constadas, porque no encontramos lo que en realidad buscamos dentro de las respuestas. Encontrarnos con las preguntas verdaderas, las que ponen a trabajar a nuestra mente para movernos de lugar, para conocernos, para tomar decisiones o aceptar nuestra propia realidad, esas preguntas son oro molido para nuestra existencia, que debemos esforzarnos por encontrar y sobre todo vivir una vida…
Excelente reflexión, vivimos la vida muy rápido y no nos damos tiempo para tener una máquina del tiemp
Me encantó! La manera en la que te hace pensar y reflexionar es increíble !
❣️❣️
Wow, me encanta leerte! Eres increíble y hacerme reflexionar sobre muchas cosas de la vida! Gracias por escribir y transmitir un cúmulo de sentimientos y sacarme una sonrisa! Eres la mejor 💖