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¡Muérdase la lengua!

15 oct
4 min de lectura

Así como lo leyó y no se lo mandamos decir: a todos nos ha pasado decir que nunca haríamos “X” cosa y terminar justo en ese lugar donde juramos no estar.


Sí, a las malas me tocó aprender.


Sobre todo con esas cosas que uno dice o piensa, en plena flor de la juventud: “Cuando sea más grande, ni de broma me quedaría dormida viendo una película". Unos cuantos pasitos duranguenses después, apenas va saliendo el león rugiendo al inicio de la película y ya se te empieza a cerrar un ojo… ¿cómo por?


¿Y qué tal cuando nos llega esa inyección de energía y decidimos ir al antro o al bar con nuestros amigos? Y terminamos haciendo señas de: “¡Es que no te oigo! ¿Qué dijiste?”.¡Qué horror! Mejor que nos parta un rayo antes de volver a escucharnos decir que la música está súper alta, el servicio pésimo y además, que está carísimo. Aunque, fuera de broma, en muchos lugares sí están pasadísimos de lanza con los precios. Y pensar que antes uno pagaba esas cuentas a como diera lugar —claro, con otras 28 personas más, lógico—, pero de que salía la cuenta, ¡salía!


Hablando de cosas de chavorrucos, hubo una que sí me pegó, me sentí mal cuando me pasó la primera vez: empezar a preocuparme por los tuppers.



¡Noooo, porfavarrrr! ¿Acaso es un gen que siempre estuvo dormido y decide despertar cuando menos te lo esperas? Típico, le regalas comida a alguien, se la mandas en un tupper o en un molde y pasan los días, las semanas… Hasta que empieza esa desesperación: “¿Pensará que también se lo regalé? Nah, no hay manera. Seguro se le olvidó.


Pero ¿cómo le digo que me lo regrese sin verme mal?”, se siente fatal preocuparse por un pedazo de plástico. Y ahí vas por la vida, sintiéndote ridícula por pedir de regreso tu tupper.En serio, aquí sí necesito muchos comentarios y opiniones: ¿uno se ve mal pidiéndolos de vuelta o no? Porque un molde de vidrio se respeta, pero ¿el de plástico? Aunque sea tu favorito.


Ese que te dio tu mami con el molito que sobró del domingo y que ya está todo feo y amarillento del microondas. Pero ¿quién te manda andarlo prestando?

“A ver, ¿quién tuvo la culpa?”, diría mi mamá.

Es más, seguro te lo regresan con una tarjeta de regalo de Costco para que te actualices con dignidad.


Pero si de verdad nos vamos a meter en materia de cosas que dijimos que nunca haríamos, ¿por qué no hablamos de cuando uno se convierte en mamá o papá? ¡Ya que Diosito nos lleve por docena para que no se sienta tanto el madrazo del infierno en el que vamos a caer!


Sí, por mentirosos, por golosos y por una bola de cosas más que ya ni nombre tienen.


A ver, ¿a quién no le ha pasado que empieza a comerse sus papas favoritas o ese chocolate que tanto ama, ve llegar a sus hijos y hasta lo esconde para no compartir? Y no, no es que seas una criatura del inframundo.


Es que sabes que, en cuanto descubran la existencia de ese manjar, va a desaparecer. ¡En segundos! Uno también come, oigan. Eso no es más que reclamar sus derechos de antigüedad y de autoridad. Punto. Ese no lo voy a discutir.


Otro que me encanta: decir que tu hijo canta hermoso cuando sabes —sí, sí sabes, pero te haces que la virgen te habla— que no canta bien. Uno se quiere engañar, pero es el orgullito de madre el que te ciega y hasta te lleva a ponerlo como centro de atención cuando el pobre aúlla más de lo que quisieras admitir.


Porque, seamos honestos, una cosa es darle ánimos y seguridad a tu criatura, y otra muy diferente es ponerle -ya de plano- el micrófono a mitad de la fiesta mientras TODOS fingen que es la mayor atracción del momento. En fin, todo un tema… Aquí sí creo que nos vamos a dividir entre quienes lo saben, pero fingen demencia, y otros quienes de verdad creen que tienen al próximo gran cantante en la familia. ¿O no?


En fin, así mil historias. hay muchas más cosas que dijimos que nunca haríamos y nuestros hijos fueron el experimento de eso; que les íbamos a dar juguito cuando era medicina; obligarlos a tomar ese jarabe de hígado de bacalao que nos dieron de niños y que juramos NUNCA dárselo a nuestros hijos; sacar la pantalla al primer berrinche; convertir la casa completa en una zona de juegos, aunque parezca más una zona de desastre…


Así que, mis queridos petits, la cosa es saber tomarlo con filosofía.


Cambiar de opinión, caer en nuestras propias contradicciones o descubrirnos haciendo algo que antes criticábamos no nos convierte automáticamente en malas personas, madres o padres. Somos simplemente humanos, con matices que cambian todos los días. A veces toca reírnos de nosotros mismos y otras, reconocer que hay algo que podemos hacer mejor.


Además, seguro mañana una generación guiada por la inteligencia artificial va a juzgar todo lo que hacemos hoy.


Así que, tomemos aún como propia esa brecha corta que queda, seamos un poquito más comprensivos con nosotros mismos.


Nos vemos pronto para más aventuras.

4 comentarios

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Invitado
28 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Me sentí identificada , jajaja! Ya no me siento tan mal de esperar mis tuppers de regreso 😜, me encantó tu reseña , muy amena y realista !

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Itzel Barrera
19 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Es real !! Más rápido cae un hablador que un cojo y me resisto a ser la señora de los tuppers.

Pero es un sentido de pertenecía son míos. Jajaj

Y con los hijos ni se diga, tenemos que hacer más ligero el camino,🫢

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Erika Huerta
16 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Todos somos de alguna u otra manera; esto muchas veces son paradigmas heredados desde nuestros papás!..cambiarlos o no, es decisión personal; eso depende de lo que te dé paz.

Buenazo!😄

Editado
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Mariana Franco
16 oct
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Ameeeee , recordé y dije si soy!!! Y lo que falta!!!! 😅 soy la hija que hoy pelea los tuppers de mi mami desde que esta en el cielo! Gracias por este apapacho al corazón ❤️‍🩹

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